El vendedor de globos

Ina Inzunza leyenda 0 Comments

Era una tarde de domingo en una pequeña ciudad. El parque estaba repleto de personas que aprovechaban -cómo ya hacían hace años sus padres y abuelos- del día soleado y con temperatura suave, para pasear, encontrarse con los amigos, conversar y al mismo tiempo, llevar a sus niños para jugar en los diversos juegos infantiles, montados con esmero y eficiencia por el alcalde de aquella ciudad. 

El medio de la plaza se destacaba el aspecto colorido del carrito del vendedor de globos, que había llegado pronto, aprovechando la clientela infantil que ya estaba en la plaza, a fin de ofrecer sus globos y, así, ganarse un salario. 

Cómo buen vendedor que era, llamaba la atención de los niños hablando de sus globos y soltando globos de colores para que, al elevarse en el aire anunciarse visualmente que los globos ya estaban a la venta. 

No muy lejos del carrito, un niño del piel oscura observaba como soltaba los globos. 

Acompaño un globo rojo soltase de las manos del vendedor y elevarse lentamente por los aires alejándose por altura de la plaza. 

Algunos minutos después, un globo azul fue soltado y subió a los cielos. 

Luego enseguida un nuevo globo de color amarillo, se elevaba lentamente, seguido de otro de color blanco. 

El niño de mirada atenta, seguía cada uno de ellos. Estaba imaginando mil cosas… 

Intrigado el muchacho notó que había un globo de color negro que, a pesar de estar juntos a los demás globos, el vendedor no soltaba. 

Se aproximo a él y preguntó: 

-Señor si soltará el globo negro ¿él subiría tanto como los otros? 

El vendedor sonrió, como quién entendía la preocupación del muchacho, cortó el cordón que prendía el globo negro y mientras él se extendía, le dijo: No es el color hijo mío, es lo que está dentro de él lo que lo hace subir. ¿Has entendido? 

El niño sonrió con satisfacción y agradeció al vendedor y se marchó saltando, para confundirse con los demás muchachos que coloreaban el parque en aquella soleada tarde. 

El vendedor de globos le acaba de enseñar una lección de fraternidad: no es el cuerpo, ni el color, ni la raza, ni tampoco la posición social, ni la religión, ni las apariencias. Es lo que está dentro de cada uno lo que le hace subir. 

Fuente: semillasdelfuturoceld.wordpress.com 

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